Evolución del ser humano y de su hábitat

Por Arquintro
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La presencia de los seres humanos en distintos enclaves territoriales fue dejando, a través de sus moradas, muestras y señales de sus facultades, capacidades y necesidades, como referencia diferenciadora de cada etapa evolutiva en cada lugar.

Quienes ejercen las profesiones hacen posible intuir el modo de actuar en cada momento y, a veces, dejan evidencias documentales que afianzan la idea de relacionar la actividad anatómica, la actividad fisiológica y las particularidades cognoscitivas con la determinación de las condiciones del entorno que se elige para vivir.

Esto se observa en los rigurosos documentos elaborados por estudiosos de la historia de la salud y del hábitat, que indican que es preciso tener presente la permanente interacción que se produce entre el territorio y la acción humana, tanto en lo referente al espacio geográfico en sí, como en lo que afecta a las construcciones y a sus interiores (la expresión íntima de la vida).

Muchos precedentes de la historia se manifiestan en las preferencias espaciales, las exigencias propias que favorecen la actividad biológica del organismo, reflejando la interacción que se produce entre la persona y su espacio en las distintas etapas evolutivas. Nos aproximamos al conocimiento de la actividad que desarrolla nuestro organismo para dar continuidad a la vida y, para ello, hacemos que la arquitectura de los objetos y la armonización arquitectónica de nuestros interiores se corresponda con las peculiaridades que satisfacen nuestras necesidades vitales, las complementarias o las accesorias.

La localización de Lucy¹ (australopitecus afarensis), en Hadar (Etiopía), durante las excavaciones  dirigidas por el paleoantropólogo Donald Johanson,  en  1974, ratificó la correspondencia entre los procesos evolutivos de los homínidos y las particularidades de sus espacios residenciales. Tanto los espacios íntimos como los destinados a actividades sociales reflejan, en cada etapa, la expresión del alma individual y el sentimiento grupal. En todos ellos, hay un diálogo constante de las personas con el espacio que habitan.

En sus distintas etapas de evolución, el ser humano siempre ha mostrado deseos particulares para configurar su nido, aquel espacio destinado a proteger su cuerpo y sus pertenencias materiales y espirituales. Para ello, siempre ha tratado de limitar, preservar y personalizar el espacio que le pertenece, de configurar lo que ha de ser su hogar. Y desde los tiempos de Lucy, su organismo se ha ido modificando en una trayectoria de perfeccionamiento evolutivo, correspondiéndose con las formas de resolución habitacional que, en cada momento, ha ido resolviendo condicionado por las circunstancias de cada momento.

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