La desidia política ante el desorden urbanístico

Por Arquintro
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Las amenas avenidas que reflejan los planos dibujados durante la elaboración de los planes de urbanismo muy pocas veces sostienen a lo largo del tiempo esa imagen idealizada que suelen argumentar los redactores de tales proyectos. Porque, al final, los verdaderos creadores de dichos planes son las corporaciones municipales y demás cuadros políticos, que toman decisiones de equipamientos, movilidad y reparto de soluciones al margen del interés público y a favor de los caprichos de los intereses individuales del ego gobernante, sin ninguna previsión ni justificación razonable. Así sucede con más frecuencia de la que convendría.

Asomarse a las calles de las ciudades es observar imágenes continuas de cambio. La COVID-19 hizo estremecer al mundo y llevó a una transformación de los espacios, en su mayoría con recursos efímeros. La hostelería inició una gran batalla de invasión osada de espacios que habían sido organizados y pensados solo para paso de peatones y disfrute público, convirtiendo el suelo de las ciudades en una extensión de las superficies de los negocios particulares y, además, en general, con muy poca fortuna en lo referente al cuidado arquitectónico y el «ornato» urbanístico. Buena parte de las corporaciones locales mantienen, no obstante, una actitud pasiva ante esta situación, sin ofrecer soluciones.

Aquí viene al caso mencionar la celebración en Alemania del 50 aniversario de la técnica de expresión graffitera que se desarrolló en la ciudad de Nueva York, allá por los años 70, mostrando un recorrido muralista hasta las grafías más actuales. Esta exposición se extiende por la Avenida Kurfürtesdamm, una de las más importantes y bohemias de la ciudad de Berlín.

Esta técnica de expresión gráfica, que utiliza los planos notablemente visibles de las ciudades como soporte, se efectúa con herramientas diversas para las aplicaciones pictóricas (rodillos, brochas, esponjas, las manos o cualquier otro objeto; aunque después de los 60, el espray es muy frecuente). Pueden representar textos, figuras, paisajes o una mezcla de motivos, y se plasman de manera espontánea, sin el dibujo previo que se da en otras técnicas plásticas.

Se trata de una forma de comunicación irreverente frente a las sociedades que eclipsan la realidad social en sus medios sistémicos, a modo de denuncia y grito de sentimientos y contradicciones, para llamar la atención sobre las condiciones de vida en determinados barrios, las luchas obreras y estudiantiles, sentimientos de amor y desamor… o simplemente mostrar la espontánea recreación imaginativa personal. Suelen ser firmados con seudónimos y algunas de estas firmas tienen un gran reconocimiento internacional.

Su carácter transgresor está implícito en el mismo modo “anárquico” en el que se presentan por los recorridos de las ciudades, impactando rincones y avenidas con sus gritos de imágenes poderosas, reflejados en trazos y planos cromáticos que concentran las miradas de quienes se encuentran con ellos.

El motivo del mensaje del graffiti, por su misma acción de resistencia al orden institucional, al formalismo retórico, al sumiso silencio ante la desidia gobernante, no puede proponerse como un mensaje de armonía espacial, sino como un mensaje de llamada que se ha de plantar en los lugares donde pueda llamar más la atención. Es decir, una ciudad con reiteradas llamadas grafiteras reivindicativas suele ser el reflejo de problemas vecinales. La solución ante esto está, por tanto, en evitar los problemas de los vecinos. Y eso no depende sino de decisiones institucionales.

También se dan casos en los que las personas que habitan distintos vecindarios ven afectada su tranquilidad cotidiana por el modo en el que algunos negocios ejercen sus actividades, saturando los barrios o formando zonas de concentración. Estas situaciones pueden deberse a distintos factores, como el mal acondicionamiento de las construcciones por falta de resoluciones técnicas adecuadas. Los hábitos de conversación y la costumbre de alborotar hablando con voz elevada, por ejemplo, se unen al no cumplimiento de los límites de emisión acústica por parte de los negocios, pero también, en ocasiones, al hecho de que los edificios de viviendas no reúnen las condiciones normativas de aislamiento (que sus usuarias se niegan a reconocer y resolver). Cuando coinciden varios factores que acrecientan el problema, el asunto va adquiriendo mayor gravedad.

Por otro lado, no es menos importante en la evaluación de la saturada contaminación territorial, la proliferación de grandes vallas publicitarias, ahora con sistema oled, por los pináculos más visibles de las ciudades y demás recorridos de tránsito humano. Convertidas en estroboscópicas imágenes de destellos permanentes, su creciente proliferación se torna en una imagen tóxica para la observación.

Todo lo mencionado son modos de marcado desorden que compiten con la reiterada visión de locales cerrados por quiebra de sus actividades y con otros que permanecen abiertos, pero con arquitecturas decadentes y carentes de racionalidad arquitectónica en sus interiores.

También resultan muy llamativos los odoríferos aires insoportables procedentes de las diversas actividades y modos de vida de la ciudad. En este sentido, las urbes se ven afectadas incluso por el notable aumento de animales de compañía, que llenan las calles de heces y puntos de fuerte olor, provocados por los orines diarios de los perros vecinos, sin solución visible alguna, por el momento.

Las políticas institucionales no están aportando soluciones urbanísticas notables a estas crisis producidas por la pandemia o por otras causas cíclicas o puntuales. Desde sus poltronas, observan con indiferencia los desconciertos de la ordenación urbana y sus agresiones multisensoriales al vecindario.

Son numerosas las contaminaciones que nos invaden paulatinamente, sin que se establezcan programas de ordenación con alternativas que procuren una prevención de convivencia de respeto y salud. A falta de planes de ordenación regular para diseñar ciudades confortables para usar y contemplar (algo de lo que solo disfrutan contadas urbes), todo lo que se nos ofrece son algunos “parches” ocasionales.

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